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sábado, 28 de noviembre de 2009

Ciudades invisibles

Inútilmente, magnánimo Kublai, intentaré describirte la ciudad de Zaira de los altos bastiones. Podría decirte de cuantos peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos de sus soportales, qué chapas de zinc cubren los techos; pero se ya que sería como no decirte nada. No está hecha de esto la ciudad, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado: la distancia al suelo de un farol y los pies colgantes de un usurpador ahorcado; el hilo tendido desde el farol hasta la barandilla de enfrente y las guirnaldas que empavesan el recorrido del cortejo nupcial de la reina; la altura de aquella barandilla y el salto del adultero que se descuelga de ella al alba; la inclinación de una canaleta y el gato que la recorre majestuosamente para colarse por la misma ventana; la línea de tiro de la cañonera que aparece de improviso desde detrás del cabo y la bomba que destruye la canaleta; los rasgones de las redes de pescar y los tres viejos que sentados en el muelle para remendar las redes, se cuentan por centésima vez la historia de la cañonera del usurpador, de quien se dice que era un hijo adulterino de la reina, abandonado en pañales allí en el muelle.

En esta ola de recuerdos que refluye, la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos.
Italo Calvino - "Las ciudades invisibles"- 1972

sábado, 31 de octubre de 2009

La revolucion del S. XXI

... construir nuevas realidades desde los intersticios, la banalidad o los habitos residuales de la vida urbana. Por eso, la busqueda de la comunidad, la ruptura con la ley o el ejercicio de la rebeldia; en una perspectiva de cambio historico cobra sentido como una evidencia del resquebrajamiento de estructuras de comportamiento pensadas sin dinamica social e inmodificable...
Jorge S. Mele - Esteticas efimeras.

viernes, 3 de abril de 2009

Imágen I

No era suficiente la cantidad de agua que quedaba estancada entre las depresiones que se habían formado en el suelo producto de la diferencia de asentamientos entre unos pongamos seis, siete adoquines contiguos, como para llamarlo charco.
Esa mañana habrían estado haciendo un par de grados bajo cero, y recuerdo el frío que me generaba ver a las palomas transeúntes caminando por aquellas formaciones acuosas amorfas, que se desparramaban a lo largo de toda esa calle que había sido renovada no hace mucho tiempo y ahora funcionaba como peatonal.
El kiosco de diarios estaba abriendo, y los porteros, aunque la mayoría de los edificios sobre esa calle estaban ocupados por oficinas que tienen un pie aquí y otro allí bien lejos, baldeaban, imágen que me daba frío también.
Recuerdo cuando comenzaron a apagarse, una tras otra, las primeras luces. El cielo, mágicamente, aunque un poco tarde, así como sucede día tras día, comenzó a aclarar. Esos colores no tienen nombre: no es celeste, no es gris, no es turquesa, es el cielo sencillamente.
Entré a tomar un café, quería experimentar esa calle semi-vacía desde adentro, resguardeciendome un rato del frío, y disfrutando del placer del aroma a café recién molido.
Salí, decidido a prestar un poco mas de atención en la gente. Es extraño, cuando las ropas son negras, abultadas, oscuras, sobrias pero poco llamativas, automáticamente empezamos a mirar otras cosas, algo así como si nos fijaramos en nuestra ciudad más en epocas de frío que en las de calor. Corroboré ese pensamiento: lo único que me llamaba la atención en las personas era el vapor que salía de sus bocas al hablar entre ellas, pensé que esas formaciones gaseosas quedaban bien con un edificio de piedra gris húmeda de fondo, me pregunté cómo se vería ese mismo humo salido de las personas en el medio del campo, y así fue como seguí mirando la ciudad.
Continué rápido, giré, y me quedé quieto, duro, con la mirada fija en un árbol que mas que árbol era una suma de ramas secas. Recuerdo la fascinación que me generó esa imágen: ramas recortando el cielo que cada vez era mas claro, y mas nublado.

Decidí que me gustaba sentir la nariz roja y que era un día perfecto para caminar la ciudad y no entré a la oficina.
A veces los adoquines son inspiradores.